Echando unas rápidas cuentas, solo faltan tres semanas para que venga con mi príncipe azul a recoger mis cosas.. tiempos modernos, costumbres renovadas. Hacer un resumen de lo que pasó en los últimos 9 años, significaría escribir un libro entero, y como aún no quiero agobiar a nadie con tantas lineas, mejor me callo (de momento).
Cierto es que me voy muy feliz. Porque en el fondo estoy harta de esta ciudad.
Harta de tanto sol, de tanta playa y de tantos veranos paseando por las calle calientes como hornos. Cansada de tanta belleza arquitectónica, de tanto tropezarme en edificios modernistas en cada esquina, de todo ese atrevimiento en mezclar el pasado con el futuro, sin pensar en el asombro de los presentes. Agotada, de vivir cosas nuevas, de conocer más y más personas, de compartir todo con todos, desde una luna llena hasta la pasta de dientes. Exhausta por conocer tantas novedades, por recibir tanta información, y por ver tanta libertad de expresión y tantos peinados nuevos. Rendida tras años de simplificaciones burocráticas y de tan alta calidad de vida. Basta ya de cañas frías en las terrazas soleadas, de pinchos de tortillas, de calamares y bravas. Ya está bien de todo esto, por lo menos de momento.
Aún así reconozco que hay algunas cosas que añoraré desde lejos de vez en cuando, no sin asumir un aire melancólico y hasta permitir que una lágrima surque mi mejilla derecha. Las junglas de guiris entre marzo y marzo en la plaza de la catedral y sus “could you take a picture for us, please?”. Ese agüilla gris que se recoge en los bajos de los pantalones al volver a casa por la noche, porque los de BarcelonaNeta limpian muy pronto, quien sabe porqué. La fauna variada de las casas en verano, y las risas que provocan. Ese frío descomunal en invierno, por falta de calefacción en el 80% de los pisos, que aumenta la necesidad de cariño en la gente. El agua que sale del grifo, con ese sabor intenso, tan peculiar. Los robos nocturnos y diurnos, que tanto alegran el día entero. Podría pasarme horas listando las cosas que no pueden, ni nunca podrán, ser sustituidas por nada parecido.
En fin, escoger siempre implica renunciar a algo, así que, corazón en la mano, digo Hasta Luego a esta ciudad que me ha visto transformar de niña a otra cosa.



